sábado, 1 de enero de 2011

Las lecciones de la crisis irlandesa (segunda parte)

Juan Manuel Blanco
Relatábamos en la primera parte, de forma sucinta, la descripción que Fintan O´Toole hacía de la Irlanda de las últimas dos décadas: un país que experimentaba un fuerte crecimiento económico se veía lastrado por un sistema político fuertemente clientelar, dominado por unos dirigentes mediocres y corruptos, en connivencia con grupos de empresarios que gozaban de privilegios y favores del poder a cambio de generosas dádivas. El autor llama a uno de estos grupos, con cierto humor, la nueva “aristocracia terrateniente”, formada por promotores inmobiliarios, constructores y especuladores del suelo, que gozaban de una prerrogativa similar a la de la nobleza medieval: la exención del pago de impuestos.

En efecto, en una primera etapa se toleró que estos grupos cercanos al poder evadieran impuestos utilizando métodos tan notorios que no podían pasar desapercibidos más que con una cierta complicidad de los poderes públicos. Si algún escándalo se destapó, nadie fue procesado. Cuando el fraude fue demasiado evidente, las autoridades reaccionaron reformando la legislación fiscal de tal modo que quedaran agujeros suficientes como para que constructores y banqueros continuasen sin pagar impuestos. Es la época de una vida social suntuosa y ostentosa por parte de estas elites. Pero los políticos comenzaron a comportarse como si también formaran parte de esa nueva nobleza: se asignaron elevados salarios y llenaron su vida cotidiana de viajes en avión privado o helicóptero, hoteles lujosos y gastos astronómicos a cuenta del contribuyente. Y sus hijos e hijas debían disfrutar de las mismas bodas de ensueño que los magnates de la construcción o que los príncipes extranjeros.

La tierra y la propiedad se convirtieron en el centro de la economía distorsionada que avanzó a partir de finales de los 90. Un grupo de especuladores, en connivencia con el poder, logró que el precio del suelo se elevase a un ritmo vertiginoso, llegando a representar una proporción cada vez más desmesurada del coste de la vivienda. En su alocada subida, el suelo rural de Irlanda llegó a ser el más caro de Europa (en un país escasamente poblado) costando diez veces más que su equivalente en Escocia y seis veces el valor de la tierra en Inglaterra. El ciudadano medio tenía que endeudarse cada vez más, según pasaban los años, para poder comprar una vivienda.

Al mismo tiempo, las autoridades hacían todo lo posible para que la burbuja de los precios inmobiliarios se inflase más y más. Se concedieron fuertes incentivos fiscales y desgravaciones para fomentar la construcción y la compra de inmuebles. De este modo, la euforia del ladrillo se aceleró hasta niveles vertiginosos. Las plazas hoteleras crecieron un 150% mientras el turismo lo hacía sólo en un 70%. Según el autor, gran parte de los hoteles se construyeron para beneficiarse de las generosísimas desgravaciones, no para atender la demanda de nuevos viajeros. En un despegue sin precedentes, el sector generó muchas más viviendas de las que necesitaba la población. El despropósito llegó a ser tal, que Irlanda estaba importando un gran número de obreros de la construcción del Este de Europa que habían llegado ¡para construir las propias viviendas que estos nuevos obreros del ladrillo ocuparían! Por otro lado, los políticos lanzaban constantemente mensajes cuyo objetivo consistía en convencer a los ciudadanos de que los precios de la vivienda nunca caerían o, como mucho, experimentarían un aterrizaje suave. Cuando unos pocos miembros del mundo académico se atrevieron a advertir de las graves consecuencias que tendría la previsible caída en picado de los precios cuando la burbuja estallase, una gran parte de los políticos y de la prensa se lanzó sobre ellos, acusándolos de agoreros e intentando ridiculizar su trabajo. El propio primer ministro llegó a insinuar que no entendía como esos críticos no acababan suicidándose.

O´Toole piensa que el gobierno tenía dos motivos para alentar de forma tan imprudente el alza de los precios de los inmuebles. Por un lado, sus intereses estaban cercanos a los promotores y los constructores, que eran los que básicamente “financiaban” a los partidos y a los propios políticos. Por otro, tenía razones electorales: el incremento de los precios favorecía a la mayoría de los votantes, que eran ya propietarios de una vivienda, aunque perjudicase gravemente a la minoría que todavía no lo era (el 87% de las familias irlandesas eran propietarias de su vivienda). Pero ésta es tan sólo una visión de corto plazo pues, tarde o temprano, la burbuja tendría que estallar, provocando un aumento sustancial del endeudamiento neto (por la caída del valor de sus activos) de todos aquellos que estaban pagando la hipoteca. A la larga, el proceso se saldaría con una enorme transferencia de los ingresos futuros de muchos ciudadanos normales (que se habían endeudado a muchos años) a las cuentas bancarias de esa minoritaria elite que controlaba el sector promotor y constructor en connivencia con los políticos.

Lo cierto es que el Estado también estaba gastando en exceso aunque la expansión inmobiliaria contribuía a ocultarlo. Muchos de los ingresos que la administración obtenía del sector inmobiliario (en 2006, el 17% de la recaudación) eran transitorios pero se utilizaban para cubrir gastos considerados ya como permanentes. Por ello, el déficit estructural (aquel que descuenta gastos e ingresos coyunturales debidos al ciclo económico) era del 9% en 2007 y del 12% en 2008 pero los ingresos extras debidos a la burbuja permitían presentar un superavit efectivo, que enmascaraba la verdadera situación de las cuentas públicas.

Por su parte, la banca también desempeñaba su papel en este juego de poder. Por ejemplo, el principal banco del país, el Anglo Irish Bank, concedía la inmensa mayoría de sus préstamos a los promotores y constructores que "financiaban" a los políticos. Con estas credenciales, podía dejar de cumplir las normas y de acatar las leyes sin que nadie pareciera percatarse de ello (o, como señala con ironía el autor, todo el mundo lo sabía y no lo sabía al mismo tiempo). Como era de esperar, la enorme exposición al crédito inmobiliario condujo al banco a una situación insostenible cuando los precios de la vivienda comenzaron a bajar abruptamente. Todavía más grave, sus riesgos estaban muy concentrados en unos pocos prestatarios. Ante esta tesitura, las autoridades deciden dar el paso definitivo hacia el abismo: garantizaron, a cargo de los contribuyentes, no sólo los depósitos de todos los bancos sino también el resto de sus deudas (algo bastante insólito) sin conocer todavía la cuantía de esas deudas ni el porcentaje de los préstamos que podrían resultar fallidos. Cuando finalmente se desvelaron los verdaderos balances de los bancos, el agujero era de tal magnitud que, añadido al enorme déficit efectivo que surgió en las cuentas públicas al desaparecer los ingresos coyunturales del la expansión inmobiliaria, el desfase superaba ampliamente las posibilidades financieras del Estado.

O´Toole concluye señalando que el desastre tuvo sus raíces en un comportamiento erróneo e irresponsable de los dirigentes y que la catástrofe fue propiciada por la carencia en Irlanda de cuatro elementos imprescindibles, que constituyen piezas fundamentales de la democracia clásica:

a) Un verdadero sentido de la ética pública
b) El principio de que el Estado debe actuar de manera objetiva e impersonal en lugar de constituir una red de intereses personales con espíritu de clan
c) La noción de que la ley debe ejercerse de forma universal y neutral a cada uno de los individuos con independencia de su posición social o política
d) La existencia de un verdadero parlamento que legisle y controle al ejecutivo en lugar de servir para transmitir intereses clientelares o para mantener al gobierno a toda costa.

Para terminar, tengo la sospecha de que, a muchos de nosotros, gran parte de lo que cuenta O´Toole en su libro nos resulta bastante cercano.

– Audio del artículo en formato mp3
_________________________________________________________

Suscribirte a La Tercera Ola
Correo electrónico:
Consultar este grupo




9 comentarios:

  1. Imanol Azpicueta30 dic. 2010 9:15:00

    Es una lección que no se debe de olvidar. En España el ladrillazo ha sido similar.

    ResponderEliminar
  2. Yo sigo en las mismas.
    Y si tanto nos parecemos a Irlanda. porque en este pais no juzgamos a los politicos causantes de esta desgracia,tal y como lo hacen alli.
    ¡Ah¡, ya se porque, es porque aqui en españa parecemos mejores personas cuando en vez de solucionar los problemas , jubilamos a los causantes de las fechorias con un retiro dorado.
    ¡Impresionante¡.
    Uh saludo.

    ResponderEliminar
  3. Los culpables del ladrillazo hemos sido todos: políticos, banqueros, empresarios y ciudadanos. La estúpida avaricia sustituyó a la sana ambición, y ahora todos tenemos que pagar ese comportamiento imprudente.

    ResponderEliminar
  4. Querido amigo.
    Todos no hemos sido culpables.
    Los pobres ciudadanos, queremos vivir en una sociedad justa y equilibrada.
    Los ciudadanos de a pie, incluso los pequeños y medianos emprendedores,cuando vamos a comprar un piso, pagamos un interes del 7% ,cuando el euribor esta al 1%.
    ¿Y porque ocurre eso?
    Porque los politicos lo permiten.
    ¿Y porque lo permiten?
    Porque cuando los politicos van a pedir un credito al banco , por supuesto piensan, si me enfrento a ellos y no hago las concesiones que me piden, no me van a dar el credito.
    ¿Y que es todo esto?
    Connivencia y quizas corrupcion politica.
    En definitiva.Tu crees que si no ocurrieran estas cosas y otras parecidas, como la especulacion, la corrupcion, etc, Habria burbuja inmobiliaria.
    Yo sinceramente creo que no.
    Un saludo.

    ResponderEliminar
  5. Magnífico artículo!! Sería interesante que todos aquellos que están todo el santo día erre que erre, que el caso de Irlanda, no es el de España, lo leyeran, por que para mi está claro, es.....CLAVADITO!!

    ResponderEliminar
  6. Campoblanco eres un perfecto inútil.

    ResponderEliminar
  7. A todas esas personas, que pasan por la vida insultando a los demas.
    Sinceramente creo, que el insulto es el unico idioma que entendeis, asi que no me voy a cortar.
    Sois los autenticos parasitos de esta sociedad, el embrion de los dictadores,que creeis que despreciando a los demas conseguis vuestros objetivos, y como tal os comportais.
    asi nos va, dirigidos por personas como tu, que seguro que eres politico o pretendes serlo.

    ResponderEliminar
  8. La culpa del descalabro de un país la tienen los malos gobernantes corruptos.Manipulan las informaciones, lavan el cerebro de la ciudadanía y compran el silencio de los Sindicatos que tenían que estar defendiendo las injusticias.Pero sobre todo el causante principal de tener que tolerar a estos impresentables es la falta de educación y de los valores perdidos.

    ResponderEliminar
  9. Me hago la siguiente pregunta, ¿cómo es posible que no se actúe penalmente contra aquellos que, habiendose apropiado de una buena parte de la riqueza, han provocado la ruina del país? ¿No hay ningún movimiento político que promueva esta iniciativa?

    ResponderEliminar

Esta web busca la colaboración de todos quienes accedan a ella. Por lo tanto, se habilita la posibilidad de añadir comentarios al pie de los post. Rogamos a todos el buen uso de esta utilidad. Los comentarios ofensivos, vejatorios, que contengan insultos, falsas acusaciones o que sean manifiestamente ofensivos, no serán publicados. Gracias por vuestra colaboración.